Presentación
Diablo construye su aventura alrededor de un descenso progresivo bajo Tristram, a través de entornos cada vez más hostiles donde el combate, el equipo obtenido y el desarrollo del personaje se vuelven inseparables. Esta estructura sencilla establece ya gran parte de la identidad de la serie: avanzar hacia lo desconocido, enfrentarse a criaturas cada vez más peligrosas y buscar constantemente el objeto o la habilidad capaz de transformar una manera de jugar.
Diablo II amplía considerablemente este principio con más regiones, clases y posibilidades de construcción de personaje. Diablo III acelera después el ritmo de los enfrentamientos y lleva aún más lejos la búsqueda de sinergias entre habilidades y equipo. A lo largo de estos tres episodios, Diablo pasa así de una progresión concentrada en las profundidades de un mismo lugar a aventuras mucho más amplias donde volver a jugar, experimentar con diferentes clases y perfeccionar al personaje se convierten en una parte esencial de la experiencia.
Diablo Immortal traslada esta fórmula hacia una estructura más orientada al juego online persistente, mientras que Diablo IV abre Santuario de forma mucho más amplia y conecta sus regiones dentro de un mundo continuo. Los cinco juegos muestran así una serie que ha cambiado profundamente de escala sin abandonar su ciclo fundamental: explorar, combatir, conseguir botín, construir un personaje y después partir de nuevo hacia una amenaza todavía más peligrosa.