Los orígenes del manga: una historia de transformaciones
Páginas a menudo impresas en blanco y negro. Una lectura que comienza por la derecha. Rostros capaces de pasar del realismo a la caricatura en unas pocas viñetas. Escenas de acción que parecen acelerar, seguidas de silencios capaces de suspender el tiempo durante varias páginas.
El manga posee hoy una identidad inmediatamente reconocible. Dragon Ball, Akira, Sailor Moon, Naruto, One Piece o Demon Slayer superaron hace mucho tiempo las fronteras japonesas. Sus personajes circulan entre los libros, la animación, los videojuegos, la moda, las redes sociales y las convenciones, mientras sus códigos visuales influyen en artistas que quizá nunca hayan puesto un pie en Japón.
Esta presencia mundial puede, sin embargo, dar una impresión engañosa: la de un medio antiguo que siempre habría existido bajo su forma actual.
En cuanto buscamos su origen, las certezas desaparecen. Algunos se remontan a los rollos ilustrados del Japón medieval. Otros eligen a Hokusai y sus Manga, publicados a partir de 1814. Otros consideran a Osamu Tezuka, después de la Segunda Guerra Mundial, como el verdadero punto de partida del manga moderno.
Ninguna de estas respuestas basta por sí sola.
El manga no tiene un único inventor ni una fecha precisa de nacimiento. Se construyó progresivamente, en el encuentro entre las tradiciones gráficas japonesas, las técnicas de impresión, la caricatura occidental, la prensa, el cine, la animación y una industria editorial que acabaría siendo gigantesca.
Su historia no es, por tanto, la de una invención repentina, sino la de una transformación continua.
Mucho antes del manga, Japón ya contaba historias mediante imágenes
Las raíces visuales del manga se remontan mucho más atrás que la propia palabra.
En el Japón medieval, los emaki, o rollos pintados, ya combinaban texto e imagen en largas composiciones. Su consulta tenía una característica importante: la obra no se revelaba de una sola vez. El rollo se desplegaba progresivamente, haciendo aparecer las escenas unas tras otras.
La mirada avanzaba así por la imagen. Los personajes reaparecían, los lugares cambiaban y las situaciones evolucionaban. Aún no se trataba de cómic moderno, pero una idea fundamental ya estaba presente: el espacio gráfico puede organizar el tiempo del relato.
Los célebres Chōjū-giga, realizados entre los siglos XII y XIII, ocupan un lugar especial en esta historia. Conejos, ranas y monos corren, luchan o imitan comportamientos humanos con una sorprendente vitalidad. Su dinamismo explica por qué estos rollos se presentan con frecuencia como lejanos antepasados del manga.
La comparación resulta atractiva, pero debe manejarse con prudencia. Varios siglos separan estas obras del cómic impreso, de sus editores, sus revistas y su público moderno. Los Chōjū-giga muestran sobre todo una antigua tradición japonesa en la que la imagen ya sirve para narrar, exagerar, caricaturizar y sugerir movimiento.
Edo: cuando la imagen se convierte en cultura popular
Una transformación más directamente vinculada al futuro manga aparece durante el periodo Edo.
Entre los siglos XVII y XIX, las ciudades se desarrollan, aumenta la alfabetización y las técnicas de impresión permiten producir y difundir libros e imágenes a una escala mucho mayor. Se instala una auténtica cultura popular impresa.
Las estampas ukiyo-e circulan masivamente. Representan actores de kabuki, paisajes, escenas urbanas o personajes célebres. A su lado prospera una inmensa producción de libros ilustrados, relatos humorísticos y publicaciones satíricas.
Los kibyōshi, especialmente populares a finales del siglo XVIII, muestran claramente esta evolución. Estos pequeños libros combinan abundantes textos, diálogos e ilustraciones en historias destinadas a menudo a un público urbano adulto. La imagen ya no se limita a acompañar el texto: se convierte en parte de la narración y del humor.
El manga moderno todavía no existe, pero varias de sus bases ya están reunidas: editores, un público, imágenes reproducibles y un mercado capaz de hacer circular las obras a gran escala.
Hokusai y la palabra «manga»
En 1814, Katsushika Hokusai publica el primer volumen de lo que se convertiría en los Hokusai Manga.
El título parece casi anunciar directamente el cómic japonés moderno.
Sin embargo, estas colecciones contienen algo muy diferente. Hokusai reúne miles de dibujos: personajes trabajando, animales, paisajes, expresiones, movimientos del cuerpo, criaturas fantásticas o escenas humorísticas. Observa el mundo con una curiosidad casi enciclopédica y transforma gestos, actitudes y situaciones en imágenes.
La palabra manga está efectivamente ahí, pero su sentido aún no es el que utilizamos hoy.
Los Hokusai Manga no se basan generalmente en relatos construidos mediante una sucesión de viñetas. Se parecen más a colecciones de dibujos variados, destinados en parte a mostrar formas, poses y movimientos.
Hokusai no inventó, por tanto, el manga moderno.
Su papel sigue siendo importante. Sus colecciones contribuyen a difundir el término y se inscriben plenamente en una cultura japonesa de la imagen impresa, popular y reproducible.
En lugar de buscar en Hokusai a un «padre del manga», resulta más justo considerarlo una etapa importante entre varias tradiciones que terminarán por encontrarse.
Algunos hitos anteriores al manga moderno
| Periodo | Evolución |
|---|---|
| Siglos XII–XIII | Los Chōjū-giga muestran una antigua tradición de narración y movimiento mediante imágenes. |
| Periodo Edo | Las estampas y los libros ilustrados se convierten en una auténtica cultura popular impresa. |
| 1814 | Publicación del primer volumen de los Hokusai Manga. |
| 1862 | The Japan Punch introduce una nueva forma de prensa satírica occidental en Japón. |
| Años 1920 | Las series dibujadas adquieren una presencia creciente en periódicos y revistas. |
| Después de 1945 | El manga narrativo experimenta una gran transformación con una nueva generación de autores. |
Esta cronología no forma una línea recta. Muestra sobre todo cómo varias historias terminan convergiendo progresivamente.
Cuando la caricatura occidental entra en juego
A mediados del siglo XIX, la apertura progresiva de Japón al comercio internacional transforma profundamente el país.
Los cambios son políticos y económicos, pero también culturales. Nuevos periódicos y nuevas prácticas gráficas llegan con los extranjeros instalados en los puertos japoneses.
En Yokohama, el ilustrador británico Charles Wirgman lanza en 1862 The Japan Punch, una revista inspirada en la célebre publicación satírica británica Punch. Sus dibujos utilizan los códigos de la caricatura occidental para comentar la vida local, a los extranjeros o la actualidad.
Los artistas japoneses empiezan rápidamente a observar y transformar estas nuevas formas. Eshinbun Nipponchi aparece en 1874, seguido unos años más tarde por Marumaru Chinbun. A comienzos del siglo XX, Kitazawa Rakuten desarrolla a su vez en la prensa japonesa un dibujo alimentado tanto por las tradiciones locales como por las tiras cómicas estadounidenses.
El futuro manga comienza así a construirse mediante la hibridación.
Los artistas japoneses no sustituyen sus tradiciones gráficas por modelos extranjeros. Los absorben, los modifican y los mezclan con sus propias prácticas.
Pero la aportación más decisiva de la prensa quizá no sea inmediatamente visible en el dibujo.
Tiene que ver con el ritmo.
Un periódico vuelve cada semana. Una revista vuelve cada mes. Los personajes también pueden volver.
La relación con el lector cambia: ya no se descubre únicamente una obra terminada, ahora también se puede esperar la continuación.
La serialización cambia la manera de contar
Durante las décadas de 1920 y 1930, las historietas serializadas ocupan un lugar cada vez más importante en la prensa japonesa.
Los personajes vuelven de un episodio a otro. Las aventuras continúan. El público joven adquiere una importancia particular y varias series populares empiezan a construir una relación duradera con sus lectores.
La serialización crea entonces una mecánica que hoy parece evidente:
una historia comienza → el lector descubre un episodio → espera → la historia continúa
Esta lógica editorial influirá profundamente en la narración.
Cuando un autor sabe que su historia debe regresar regularmente, ya no piensa solamente en una página o unas pocas imágenes aisladas. Debe mantener la atención, hacer evolucionar a los personajes, crear expectativas, desarrollar tramas secundarias y encontrar un equilibrio entre la satisfacción inmediata y las ganas de continuar.
El tiempo de publicación empieza a moldear el tiempo del relato.
Esta se convierte en una de las características más importantes del manga moderno: una historia puede crecer junto a su público.
La Segunda Guerra Mundial interrumpe brutalmente esta evolución. Después de 1945, en un Japón en reconstrucción, una nueva generación retomará este legado y le dará una dimensión inédita.
Osamu Tezuka y la revolución del relato largo
El nombre de Osamu Tezuka domina de tal manera la historia del manga de posguerra que a veces se le presenta como el inventor del manga moderno.
Una vez más, la realidad resulta más interesante.
Tezuka hereda una cultura gráfica y editorial ya muy rica. Lo que transforma profundamente es la manera en que las imágenes pueden organizar el movimiento y el tiempo.
En 1947 aparece Shin Takarajima — La nueva isla del tesoro — realizado junto a Sakai Shichima, y obtiene un éxito enorme.
Su ritmo visual impresiona especialmente a los lectores. Una acción puede descomponerse en varias viñetas. Cambia el encuadre. Un personaje aparece primero a distancia y después en primer plano. Una reacción puede aislarse. Un coche en movimiento ya no se representa únicamente en una imagen: el lector casi puede sentir su desplazamiento.
El cine y la animación influyen profundamente en esta forma de narrar.
Tezuka utiliza la composición de las viñetas casi como un montaje cinematográfico. Un segundo puede durar varias viñetas; por el contrario, un periodo mucho más largo puede condensarse en apenas unas imágenes.
El dibujo ya no se limita a mostrar lo que ocurre: la propia composición de las viñetas se convierte en una forma de narrar.
Esta evolución abre el camino a historias mucho más largas y complejas. Los personajes pueden crecer, cambiar, perder, volver a empezar y atravesar diferentes etapas de sus vidas.
Tezuka no crea, por tanto, el manga desde cero.
Demuestra sobre todo hasta dónde puede llegar la narración dibujada cuando dispone de más espacio.
La revista se convierte en la gran máquina del manga
Durante las décadas de 1950 y 1960, el crecimiento económico japonés y la expansión del mercado editorial permiten al manga cambiar de escala.
En 1959 aparecen Weekly Shōnen Magazine y Weekly Shōnen Sunday. Algunos años después, Shueisha lanza Shōnen Jump, que rápidamente se convierte en Weekly Shōnen Jump.
Estas revistas son mucho más que simples contenedores.
Organizan todo un sistema: autores, responsables editoriales, calendarios de publicación, reacciones del público, capítulos regulares y posterior publicación en volúmenes recopilatorios.
Del capítulo al volumen
El capítulo publicado en una revista debe funcionar como una cita con el lector.
Debe hacer avanzar la historia lo suficiente para resultar satisfactorio, pero también dejar una tensión, una pregunta o un deseo que justifique esperar al siguiente número.
Cuando varios capítulos se reúnen después en un volumen, la experiencia cambia. Lo que se descubría semana tras semana se convierte en una historia continua.
Esta doble forma de lectura explica en parte la estructura particular de los mangas de larga duración. Una tensión puede extenderse durante tres páginas, un capítulo, un volumen completo o todo un arco narrativo.
El propio modo de publicación se convierte así en una parte del lenguaje narrativo.
No existe «un» solo manga
A medida que la industria crece, el manga se diversifica.
El manga dirigido a jóvenes varones ocupa un lugar importante, pero otros movimientos aparecen o se desarrollan en paralelo.
El gekiga, asociado especialmente a Yoshihiro Tatsumi, empieza a ofrecer desde los años cincuenta historias más realistas y dramáticas destinadas a lectores de mayor edad.
El manga dirigido a jóvenes mujeres también experimenta una profunda transformación. Durante los años setenta, autoras como Moto Hagio o Keiko Takemiya contribuyen a renovar el shōjo manga, experimentando tanto con la composición de las páginas como con los temas abordados.
La ciencia ficción, la identidad, las relaciones humanas, la psicología o la intimidad encuentran nuevas formas de expresión.
Poco a poco, el manga se vuelve capaz de acoger prácticamente cualquier tipo de relato.
El manga no es un género: es un medio.
Puede contar una historia de amor, una guerra, una competición deportiva, una investigación, una historia de cocina, una epopeya histórica, una aventura fantástica o simplemente la vida cotidiana.
Términos como shōnen, shōjo, seinen o josei tampoco corresponden directamente a géneros narrativos. Proceden ante todo de una segmentación editorial vinculada a los públicos a los que las revistas quieren dirigirse.
El manga abandona progresivamente el papel
A partir de los años sesenta, otra fuerza acelera su difusión: la animación.
En 1963, Tetsuwan Atomu — Astro Boy — se convierte en una serie televisiva regular. Uno de los personajes emblemáticos de Tezuka abandona así las páginas para llegar a millones de espectadores.
La relación entre manga y animación adquiere entonces una nueva dimensión.
Una obra popular puede circular entre distintos soportes:
manga ⇄ anime ⇄ cine ⇄ videojuegos ⇄ productos derivados
La adaptación animada presenta los personajes a un nuevo público. Este público puede después descubrir los volúmenes impresos. El manga alimenta al anime y el anime devuelve espectadores hacia el manga.
Esta circulación entre medios se convierte en uno de los grandes motores de la cultura popular japonesa.
De los años 1980 al fenómeno mundial
A partir de los años ochenta, esta potencia editorial encuentra un público internacional cada vez mayor.
Akira, de Katsuhiro Otomo, desempeña un papel simbólico importante. Su universo cyberpunk, su dibujo extremadamente detallado y el impacto de su adaptación animada muestran a numerosos espectadores extranjeros que una obra japonesa puede ofrecer una creación gráfica y cinematográfica ambiciosa.
Pero la difusión mundial del manga no depende únicamente de unas pocas obras prestigiosas.
Dragon Ball se convierte en un fenómeno popular gigantesco. Sailor Moon impone otro imaginario. Después llegan numerosas series difundidas gracias a las cadenas de televisión, las traducciones y el desarrollo de editoriales especializadas.
Durante los años noventa y dos mil, el cambio se vuelve cultural.
El público extranjero aprende progresivamente a leer el manga según sus propias convenciones.
El sentido de lectura japonés se conserva cada vez más. Palabras como mangaka, shōnen o shōjo entran en el vocabulario de los lectores. Algunos empiezan a seguir directamente a los autores y revistas japonesas, y no únicamente sus adaptaciones televisivas.
El manga deja poco a poco de ser percibido como una curiosidad importada.
Se convierte en una auténtica cultura de lectura.
Internet reduce la distancia con Japón
El comienzo del siglo XXI acelera todavía más esta mundialización.
One Piece, Naruto y Bleach se convierten en referentes de toda una generación. Más tarde, Attack on Titan, My Hero Academia, Demon Slayer, Jujutsu Kaisen o Chainsaw Man aparecen en un entorno donde la circulación internacional se ha vuelto casi inmediata.
Internet transforma sobre todo la relación con el tiempo.
Durante décadas, un lector europeo podía esperar varios meses antes de descubrir oficialmente un nuevo volumen o capítulo japonés. Hoy, informaciones, anuncios y publicaciones circulan casi instantáneamente.
En 2019, Shueisha lanza MANGA Plus, que permite especialmente publicar oficialmente determinadas series en varios idiomas al mismo tiempo que su lanzamiento japonés.
La cita que antes estaba limitada a una revista nacional puede ahora convertirse en mundial.
Un capítulo publicado en Tokio puede leerse casi simultáneamente en París, Madrid o Nueva York.
De medio japonés a lenguaje internacional
Esta mundialización también hace más difícil definir el manga.
Durante mucho tiempo, la ecuación parecía sencilla: un manga era un cómic producido en Japón.
Pero ¿qué ocurre cuando un autor francés, español o estadounidense desarrolla una obra directamente influida por Tezuka, Toriyama u Oda? Si esa obra adopta una composición, una narración e incluso a veces un sentido de lectura asociados al manga, ¿dónde empieza y dónde termina la definición?
No existe una respuesta universal.
Esta ambigüedad muestra sobre todo hasta qué punto el manga se ha difundido.
Lo que en otro tiempo era una forma editorial esencialmente japonesa se ha convertido en un lenguaje visual comprendido y reinterpretado por creadores de todo el mundo.
Una historia sin inventor único
Sería tentador resumir todo este recorrido mediante unos pocos nombres.
Los Chōjū-giga serían los antepasados del manga. Hokusai le habría dado su nombre. Tezuka habría inventado su forma moderna.
Esta historia cabe en unas pocas frases, pero borra precisamente lo que hace tan fascinante la evolución del manga.
El manga moderno surge del encuentro entre una larga tradición japonesa de narración visual, una cultura popular impresa ya muy desarrollada durante el periodo Edo, las influencias de la caricatura y los cómics occidentales, la serialización en periódicos y revistas, las innovaciones narrativas de la posguerra y una industria capaz de hacer circular los mismos personajes entre distintos medios.
Ninguno de estos elementos creó por sí solo el manga. Su combinación hizo posible progresivamente el manga moderno.
Esta historia también explica su capacidad para evolucionar sin perder su identidad.
El manga ha absorbido nuevas herramientas, formatos, públicos e influencias. Sin embargo, algo permanece en su centro: la capacidad de organizar imágenes para hacer sentir al lector el tiempo, el movimiento y la emoción.
Una viñeta puede congelar un instante. Unos pocos primeros planos pueden aumentar la tensión. Una página casi vacía puede crear silencio. Una secuencia de imágenes puede convertir unos pocos segundos en una escena completa.
Y es precisamente ahí donde comienza la siguiente parte de nuestra exploración.
Después de recorrer la historia del manga, ahora debemos entrar en sus páginas y comprender cómo funciona su lenguaje visual.
Fuentes principales
Para profundizar en esta historia: British Museum, Kyoto International Manga Museum, archivos de Shueisha, recursos oficiales dedicados a Osamu Tezuka y MANGA Plus by Shueisha.