El punto de partida de la reflexión de Spinoza es su propia experiencia: sabe, por observación, que tiene un cuerpo y es consciente de sus afectos. Pero si éste es realmente un conocimiento, es un conocimiento incompleto y doloroso: ser consciente es, para el ser humano, si no siempre sufrir, al menos sufrir, verse constreñido, abrumado. Según Spinoza, es importante tener una idea del propio ser -y de los accidentes que componen la vida- comparable a la que un matemático tiene de una figura y de las propiedades que la constituyen. Por eso escribe su Ética “siguiendo un orden geométrico”. A la pasión le seguirá entonces la acción, una necesidad exterior e imperiosa, una necesidad conforme a la propia voluntad convertida en razón. Pero, para lograr este objetivo, es imprescindible un conocimiento adecuado de las relaciones que el ser humano tiene con el universo. La ética, en una palabra, pretende elevarnos de la conciencia al conocimiento de nosotros mismos, y este conocimiento comienza con el de Dios.